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viernes, abril 24, 2009

ANTOLOGIA PERSONAL















Algunos poemas que escribí y que se pueden leer en "Heredarás la tierra" y "El caserío", (el suri porfiado, 2007)


Antología recitada


El frasco


Tengo un frasco de tinta
que escribe esmerado sobre el tiempo.
Es un frasco celeste
como esperanza arruinada por los buitres,
es un frasco de adobe
que repite al hornero enaltecido
por el martirio constante del asfalto.
Tengo un frasco de tinta.

A veces me descuido
y un río de palabras ahoga mi alfabeto,
desborda los contornos
de este estuario,
y el frasco se me agota.

A veces me equivoco
y en vez de poner tinta
descargo el contenido de mi pulso
y el frasco se ennegrece
como el corazón de dos amantes muertos
a la hora de amar.

Tengo un frasco de tinta.
Me da pánico que el miedo se lo robe.

(de La soberbia del monje, 1996)



Profesión de fe

En Salta creemos
que no hay nada mejor
que
escribir un poema,
destapar un buen vino
o fornicar con morenas
de esas que te muerden
cuando se suelta el orgasmo.
Creemos que en la tierra
se esconde un terremoto
y que la esterilidad es un problema ajeno,
propio de los peces.
Creemos en el sol,
en el folklore,
en la virginidad porfiada de las niñas del centro,
de las que van a misa.

Hay algo, sin embargo,
en lo que no creemos.

Sabemos que la angustia es un suspiro
de los gorriones que se sientan a contemplar los muros
encima de la cruz del San Bernardo.

(de La soberbia del monje, 1996)


A modo de conclusión

Es un rostro asombrado el que me espía
por el cristal que cuelga del fracaso.
Es el rostro de un muerto.

Ayer han enterrado al que soñaba
con milagros marinos, con pesadillas
tales
como el rostro de un dios en el espejo,
como su rostro odioso sobre el mío,
como mi rostro espiándome la tierra,
mordiéndome en el sueño del cansancio.

Siempre es lo mismo.

Hoy no han traído flores a este sitio
y la tristeza es tanta
que uno se pone a escribir
y así se pasa el día.

(de La soberbia del monje, 1996)


Las mascotas

La blanca tenía la lengua triste,
con esa tristeza de perro chico
que se siente impotente
para engullir las manos de los asesinos.

La negra era un dragón
con pinchos en la espalda
que solía mirar por el vidrio
con la ternura de un Cristo,
de un Gandhi eterno,
portador de una melancolía nueva,
inadmisible.

(Cruzando la frontera vivía un oso,
sobreviviente estéril de una raza mágica
encargada de custodiar al que dormía
en cuna de mimbre trenzada por el tiempo.)

La negra cultivaba el respeto
por su madre
y la blanca enseñaba los tesoros ratones
a su hijastra
y en las noches de ánimas errantes
se juntaban en un dúo de lamentos
antes de la danza
en torno de la piedra.

(Cuentan que el oso cayó prisionero
de un cazador de animales ordinarios
y terminó en cobertor
de cuna de mimbre trenzada por el tiempo.)

Yo escarbé en la ausencia
cuando en diciembre vino la emboscada
y una guadaña roja se clavó en la frente
de la negra
y una guadaña ciega cercenó la tristeza
de la blanca
y la parca reía
y todo el mundo hablando sobre el alma
que es cosa de los hombres
y yo sin comprenderlos
y encima este recuerdo que me escarba las sienes
y todavía nada.

(de Por qué queremos ser Quevedo, 1999)


La higuera

Cuando el argumento lo exigía
yo era el que despertaba a los fantasmas
y llamaba a los ovnis
para viajar en el torrente sanguíneo
de lo absurdo.

Las runas se trazaban
sobre las axilas,
las esquinas de los barrios
que escondían duendes ostrogodos,
y así la invocación surtía efecto.

La higuera era el buque pirata
que conducía a la selva del fondo,
la máquina del tiempo que me acercaba
al dinosaurio perro
que me mordió una tarde
y terminó ahorcado por el vecino,
el malo de la jungla
al que yo bombardeaba
con piedras de Hiroshima
para reírme de la radioactividad
que se elevaba
sobre el tejado de sus cejas.

Cierto día el buque se hundió:
mamá decidió parquizar el fondo
y eliminar las malezas
que afeaban las fuentes de las ninfas,
seres de yeso
que se comieron la tierra de las parras
y confabularon con el vecino
para terminar con mi reinado
sobre la higuera.

(de Por qué queremos ser Quevedo, 1999)


En el cementerio de la Misión

Robertito Gómez
descansa en Río Grande.
Una pequeña placa
encima de la tierra
nos habla de un dolor muy remoto,
algún padre que esquilaba la oveja.

Quizás en las retinas de este muerto
descansen las imágenes
de los muertos de al lado,
esas tumbas anónimas,
testimonio de historia repetida.

¿Tuberculosis? ¿Tifus?
¿La gripe? ¿El viento oeste?
Muchas fueron las causas
para cubrir de huesos
el pasto de la estepa,
para que el fósil diga:
"Aquí vivió algún indio,
civilizado o bruto,
aquí quiso salvarlo
el cirio de la iglesia,
pero la luz fue tenue
y no ahuyentó a la noche".

Una flauta de brisa
contamina el silencio
y en este sitio lejos
sólo el mar es testigo
de un carancho chillando.

Son chillidos profundos,
son los roncos fusiles de la historia,
yacimientos del odio
que crecen en el tiempo
para que a los museos
no les falten los cráneos.

(de Nadie enduela su voz como plegaria, 2003)


Los árboles

(Bosque fueguino de lengas)

Nadie eleva plegarias por los árboles
cuando secos se enleñan hasta el polvo
y ya polvo se embarran con la lluvia
y ya barro se adentran en la tierra
y consuelan los pastos.

Y aunque nadie les reza
ellos cantan en viento la desdicha
de otro barro que en carne visitaba su sombra
y oficiaba de amante de la verde madera.

Esa carne rezaba,
y era dulce el murmullo
que al oído del árbol,
moribundo y leñoso,
prometía que luego
nacería otro tallo
que en la sangre del muerto
crecería.

Pero ya nadie reza.

Nadie eleva plegarias por los árboles,
nadie enduela su voz como plegaria,
nadie rasga su pecho de corteza
en señal de congoja.

En el canto del viento la arboleda
que ha querido ser arco y hoy es polvo,
consolando a los pastos por el frío,
consolando a la carne que en la tierra
se ha dormido de plomo silenciada,
mientras cae la lluvia sobre tejas inglesas
y carteles que hablan
de la suerte del mundo.

(de Nadie enduela su voz como plegaria, 2003)


Tumbas en Río Grande

Esta ciudad fue fundada por la poesía:
primero sustantivos, después verbos
y finalmente la gracia de lo anónimo.
Antes de la ciudad: tumulto de guanacos,
buscadores de oro, mercaderes.
¿Y mucho antes?: los selk'nam.

Como en todas las ciudades
existe otra ciudad detrás de sus muros:
"la casa de los muertos", podríamos llamarla,
ya que la poesía, en Río Grande,
permite esas licencias.

Aquí se juntan a charlar amenamente
personas que en la vida tuvieron sus disputas,
sus préstamos, sus deudas,
su cuota de poder y de desdicha.

¿Y doña Ángela Loij?

Dialoga con Lola y con Segundo.
Con los antepasados y los hijos.
Conmigo, que busco entre las lápidas su nombre,
porque su nombre me habla del destino,
la futura parcela dispuesta a mi descanso.

"Pobre, Loij, pobre. Fuego en la casa.
Pobre, Loij, pobre. Tierra en las patas,
toda la posesión de la sin tierra.
Pobre, Loij, pobre", me cuenta la señora.

Yo también digo "pobre"
cuando cansado de buscar
entre las lápidas
me siento en una tumba
y soplo entre mis manos.

(de Nadie enduela su voz como plegaria, 2003)

Réquiem

Como esos ejes:
así daba vueltas el trompo de la infancia,
así se divertía el trompo bailador
mareándome el sentido de las cosas.

Una rueda se adentra en el camino
seguida por la otra
que le pisa la huella distraída
y se enrolla en sí misma
como un perro brillante.

Así mi bicicleta va rodando,
así me lleva
ahora que el rumbo no ha querido seguirme.

Pasamos por un bosque.

La bicicleta llora con su aceite oxidado
(que me extraña me dice)
y yo acompaño con el pie su lamento.

Así vamos llegando.

Los dos por las cornisas
del viejo purgatorio,
tramo final donde la piedra
presagia la caída.


Orquesta del destino.


Hacen un dúo la sangre y el aceite.

(de El caserío, 2007)


Libro

Este autor prefiere las corolas
y escribe poemas sin espinas.

Yo no digo corolas.
No hay semillas
que broten desde el mármol
ni girasoles decorando las lápidas.
Pasto seco, nomás, pasto y más pasto,
caminatas y lluvias para no entristecerme
por la corola insulsa.

Ayer me enamoré de una estudiante
vendedora de libros.
Leímos unos versos de Lihn sobre la muerte
y ella los comprendió,
a pesar del bolsillo sin monedas.

Después se apareció el odio bravo,
el odio corralón, el que junta las culpas,
las vende, las reparte,
el que no cuenta por qué llega de pronto:
el odio reservado.

Y al frente yo, con la estudiante
leyéndome poemas de su autor favorito.

Entonces recordé que en la camisa
me quedaba un billete
y dije “envuélvalo”, y tuve un libro,
y ese libro hablaba de corolas.

(de El caserío, 2007)

CJA

20 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué hermoso el poema de las mascotas!
Es sencillamente un poema perfecto.

Vivian

C. J. Aldazábal dijo...

Muchas gracias, Vivian!

Un beso y hasta el lunes.

kurubeta dijo...

Poeta salteño-éuskera-porteño, felicitaciones,ya keremos darle un mordisko, avisà cuando salga...Envío pra vocè, amigo, un regalito, con el heraLDO DE SIEMPRE, aNGEL JARA!

C. J. Aldazábal dijo...

Pero don Kristino!!!

Usted será uno de los primeros en barajar la primicia...

Esperaremos al Heraldo en su correspondiente triciclo, para que llegue a tiempo y pedaleando...

Gran abrazo,
C.

Anónimo dijo...

...sorpresas
leo y me sorprendo (cada vez más)con lo que encuentro y reencuentro.
un placer

Artemisa dijo...

hola!
...un poeta sin espinas
te dije que no encontraba oscuridad

sí desgarro, roturas y hasta ausencia

Crespi dijo...

Aldazábal, compañero. Durante meses hetratado de encontrar poemas tuyos por recomendación del vasquito Urrutia. La verdad, se quedó corto, che. Muy interesante el material. Diría que hacen un buen dúo la sangre y el aceite.
Abrazo

Crespi dijo...

Aldazábal, compañero. Durante meses hetratado de encontrar poemas tuyos por recomendación del vasquito Urrutia. La verdad, se quedó corto, che. Muy interesante el material. Diría que hacen un buen dúo la sangre y el aceite.
Abrazo

C. J. Aldazábal dijo...

Pero muchas gracias Hermano!!

Te debo un comentario sobre tu excelente libro (el vasquito de nuevo).

Seguimos el diálogo.

Un abrazo en la poesía,
C.

C. J. Aldazábal dijo...

Pero muchas gracias Hermano!!

Te debo un comentario sobre tu excelente libro (el vasquito de nuevo).

Seguimos el diálogo.

Un abrazo en la poesía,
C.

Diluvio dijo...

Me gustaron los textos que hablás de lo que se fue...de ese pasado que solo se refleja en una tumba perdida...

Diluvio dijo...

Volvi a releer el texto..y me viene a la mente esos parajes que hay por los valles calchaquies...esos que ningun turista puso la bandera de la globalizacion

noche dijo...

muy bueno.
voy a releerlo varias veces

C. J. Aldazábal dijo...

Muchas gracias!

Constancio dijo...

No te encuentro y me aflige... Tal vez sea el día o el cansancio. Volveremos más tarde, así te lea.

http://lascosasqueescribo.blogspot.com

Cíclopa dijo...

Un placer,


saludos,

Cíclopa/

C. J. Aldazábal dijo...

Muchas gracias e igualmente!

Anónimo dijo...

Lei El caserìo y me gustaron algunos de tus poemas, no pude agradecerte..

Guillermo dijo...

Un abrazo, Aldazábal,

y gracias por enseñarme Salta!

G.D.C.

C. J. Aldazábal dijo...

Gracias por leer, Guillermo